Hablando con adolescentes… (Santiago Estrada)

Una reflexión sobre la adolescencia:

Harto ya de informes PISA, leyes Wert, recortes en educación, etc., voy a escribir acerca de la adolescencia y sus connotaciones. Soy Santiago Estrada y me dedico a trabajar con niños y adolescentes con Déficit de Atención e Hiperactividad, trastornos de personalidad y de conducta desde hace ya 10 años. Pese a que las referencias, debido a la población con problemas que trato, puedan parecer sesgadas, os aseguro que he descubierto una serie de mitos, aspiraciones y prejuicios asociados al concepto adolescente; me he movido por institutos, he conocido a los amigos de varios de mis chicos, he indagado en sus aficiones, estilo de vida y aspiraciones y he sacado varias conclusiones al respecto.

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En primer lugar, el adolescente, como se supone generalmente no es un descerebrado. Llevo mucho tiempo intentando dilucidar porqué muchos de los chicos con los que trabajo son brillantes en algunas cosas y francamente mediocres en otras; porqué carecen de cultura general, son monótonos en la administración de su ocio y parecen desposeídos de aspiraciones vitales. Tras darle vueltas a este enigma, he llegado a la conclusión siguiente: existe una brecha brutal entre lo que se aprende en el instituto y la vida real. Sí, suena a la clásica queja sobre el sistema, pero sin duda, responde bastante bien a la situación actual.

Cuando digo que los chicos no generalizan lo que asimilan en el instituto, es debido a que ningún, repito, NINGÚN adulto se ha propuesto hablar con ellos acerca de lo que han aprendido. Si bien el conocimiento adquirido en primaria es, fundamentalmente, instrumental, enfocado en habilidades básicas para la vida diaria (manejo de las cuatro reglas matemáticas, comprensión lectora, conocimiento acerca del medio, unas mínimas pautas de conducta, etc…), en secundaria se propone un nivel de abstracción mayor, si se prefiere, de humanismo; un entrenamiento en habilidades complejas, reversibilidad de operaciones, tolerancia a la ambigüedad (ya hablaré de ella con más profundidad en otro momento), espíritu crítico y, fundamentalmente, un desarrollo de la autonomía personal de lo que va a ser un ciudadano de pleno derecho (por algo se llama Educación Secundaria Obligatoria).

El problema surge cuando un adolescente no puede hablar con nadie acerca de estas cosas más abstractas, más complejas… Ciertamente, es evidente que con un nivel de primaria sobrevives en el mundo actual: manejas el dinero, puedes trabajar ejecutando órdenes y tareas más o menos sencillas, evitas ciertos peligros, cruzas en verde o comprendes mínimamente un texto (o sabes dárselo a quien lo comprenda)…. Puesto que todos estos conocimientos son del día a día, no hace falta confrontarlos ni discutirlos: se aprenden y repasan de forma implícita desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Los otros conocimientos, adquiridos en la ESO, son de difícil aplicación directa pero, no por ello, menos importantes. Si un chico no habla de ellos, los comenta con alguien o experimenta alguna de esas facetas del mundo en sus propias carnes los olvida porque, simplemente, no los repasa. ¿¿Garcilaso de la Vega??, ¿¿trigonometría??, ¿¿ecuaciones???, ¿¿Unión Europea?? y, ¿¿la Guerra Civil Española?? ¿¿Mitosis?? ¿¿ADN??…. Como se ve, hay muchos ejemplos de conocimientos que no tiene aplicación directa en la vida de un chico de 14-18 años (más bien 12- 20, por culpa de adelantar la secundaria…)

Pues bien, considero que estos conceptos sólo pueden repasarse si alguien les da un valor añadido, los cultiva en su cabeza y los riega diariamente. Y ese alguien no es otro que un adulto: alguien que haya vivido en su trabajo, en su tiempo libre o en su vida esas realidades.

Recuerdo un profesor de lengua que tuve, probablemente el más influyente que he tenido en mi vida, que nos leía los viernes por la tarde poesías de Cernuda tras bajar levemente las persianas, recortada su figura a contraluz, voz de barítono, elegante pese a su gastada americana… un tío que se apellidaba Agudo y que se ganó, holgadamente merecido, el mote de Jefe Agudo. Si algo le agradecimos sus alumnos fue que nunca adoptó la postura del sabelotodo pasado de vueltas, ya aprenderás de la vida, no tienes ni idea, resoplos, me voy a tomar un café… Jefe Agudo era un tipo que escuchaba nuestras opiniones con neutralidad, haciendo de confidente (seguro que riéndose por dentro en más de una ocasión), pero alentándonos a lo más importante: seguir pensando.

Ah, sí, que importante es el proceso, el medio, el aprendizaje por el camino, no el resultado… quedarse embelesado viendo disfrutar a un cincuentón de una poesía… fascinante. ¡qué peso adquirió Cernuda en mi vida de repente y, por extensión, una parte de la literatura Española (la más existencialista pues yo era un chaval lleno de dudas y algo nihilista) ¡hasta me puse a escribir poesías experimentales! Y no fui el único. Todo ese teatro de la luz, sentarse en la mesa, leer suave, declamar… consiguió azuzar a unos chavales de diecisiete años para que buscaran algo interesante en esa escena, en la práctica de la lectura y en su vivencia profunda…

Pese a Don Jefe Agudo, no quiero que se lleve el asunto por otros derroteros, pues no pretendo cargar toda la responsabilidad de esta educación a la comunidad educativa; bastante tienen ya con unas aulas llenas de unos chicos que, mayormente, pasan de ellos, que en ocasiones les insultan, creando crispación y una situación altamente desilusionante. ¡Claro que hay educadores aburridos y sin motivación, o algunos que pierden los papeles a la mínima!, pero para poner en claro las cosas os propongo el ejercicio mental de pensar en la situación de un profesor de secundaria medio (quizá un señor/a sin talento excepcional, pero un/a trabajador/a cualificado/a y una persona que merece un mínimo respeto): levantarte todos los días para ir a trabajar a un sitio en el que sabes que no vas a ser escuchado y desempeñar una labor para la que creíste tener vocación sin resultados (algunos no la tuvieron nunca, pero creo que son la minoría) consiguen que, al final, ésta motivación se convierta en foco de frustración, horadando gradualmente el que creíste que sería el leit- motiv de tu vida: transmitir conocimientos a futuros adultos. Es muy duro vivir tu día a día sin feedback de cómo estás haciendo tu trabajo…. Cómo se ve, es un paisaje desolador para cualquiera y que perpetúa bidireccionalmente la situación de hastío en los dos bandos implicados.

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Me gustaría, por tanto, hacer hincapié en el que creo que es el actor principal en la formación de los pre- adultos (no post- niños) que son los adolescentes: la propia comunidad adulta, en general. Entiéndase ésta como familia próxima (padre, madre, y hermanos), tíos, primos, amigos de padres, etc… Toda esa gente que, en su mayoría, pasa de largo ante “el pavo” de los adolescentes y la “falta de experiencia”, con ese discurso de “lo tenéis todo y no dais nada a cambio”. Somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de hablar con los chicos, de confrontar sus experiencias con las nuestras, de explicarles nuestro trabajo diario (es impresionante la cantidad de chavales que no saben exactamente a lo que se dedican sus padres), de ver el telediario con ellos y comentar las noticias, de preguntarles y charlar sobre alguna de las cuestiones estudiadas en el instituto (no solamente acerca de los resultados obtenidos en exámenes y trabajos), de enseñarles pericias y habilidades extra-curriculares (cambiar un enchufe, lijar y pintar una mesa o saber cómo ligar…).Yo he tenido la suerte de tener unos padres bastante proclives a la charla en ese sentido y, creedme, no hay día en que no lo agradezco.

Recuerdo llegar a casa por la noche con quince años, a eso de las diez y media y encontrarme, con cierta frecuencia, el salón lleno de adultos departiendo acerca de diversos temas. Muchos de ellos eran tipos brillantes en sus profesiones (editores, escritores, pintores, etc…) y otros, simplemente, buenos compadres, pero no por ello escasos de recursos y conocimientos. Recuerdo, también, que siempre se fomentó, con delicadeza y cariño, mi acercamiento a ellos y a su conversación, impostadamente elevada en ocasiones, acerca de política, religión, viajes, mitos y leyendas, literatura, etc… Muchas veces me perdía y preguntaba, otras veces escuchaba, aprovechando para atacar al queso curado y al jamón, y algunas veces participaba, a petición propia o de ellos, pero siempre me iba a la cama pensando en algo desconocido, potencialmente fascinante e incluso en lo pedante o cabezona que puede llegar a ser una persona con independencia de su edad….

Por tanto, y como conclusión, os recomiendo encarecidamente que habléis con los adolescentes que tenéis cerca para daros cuenta de lo interesante que puede ser la charla con ellos, y de lo rentable para la sociedad que puede ser vuestra transmisión de conocimientos. También os insto a explorar su realidad (música, juegos, estética,…), sin juzgar, sin menospreciar, para poder engancharles de entrada y llegar al vínculo común que subyace a todo ese elenco de intereses, a esa búsqueda: la forja de una personalidad.

 

Santiago Estrada

Neuropsicólogo en Globaltya Psicólogos.

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